jueves, 27 de febrero de 2014

Construcción del color

LOS SENTIDOS Y LA ACTIVIDAD MULTISENSORIAL
BARRY C. SMITH
Director del Instituto de Filosofía de la Escuela de Estudios avanzados de la Universidad de Londres; escritor y presentador de la serie de la BBC titulada The Mysteries of the Brain

Hace ya demasiado tiempo que trabajamos con un concepto erróneo de lo que son los sentidos. Pregúntele a cualquiera de sus conocidos cuántos sentidos tenemos y es probable que la respuesta sea «cinco» —a menos de que le empiecen a hablar de la existencia de un sexto sentido—. Pero ¿por qué cinco? ¿Qué ocurre con el sentido del equilibrio que nos permite percibir el sistema vestibular y que nos indica si el ascensor en el que viajamos sube o baja, si el tren que nos lleva avanza o retrocede, o si el barco en el que navegamos se balancea o no de lado a lado? ¿Y qué pasa con la propiocepción que nos proporciona una idea perfectamente sólida del lugar en el que se encuentran nuestras extremidades cuando cerramos los ojos? ¿Qué decir de las sensaciones de dolor, de calor o de frío? ¿Se trata simplemente de otras tantas variantes del tacto, como ocurre cuando palpamos una tela de terciopelo o una de seda? ¿Y por qué considerar que las experiencias sensoriales que nos facultan para ver, oír, gustar, tocar y oler son cada una de ellas resultado de un único sentido?

Los neurocientíficos actuales han postulado la existencia de dos sistemas visuales: uno de ellos sería responsable del aspecto que presentan las cosas a nuestros ojos, y el otro se ocuparía de controlar la acción. Además, ambos sistemas operarían de forma independiente. El ojo puede ser víctima de todo un conjunto de ilusiones visuales, pero no la mano, de modo que esta última es capaz de atrapar sin contratiempos un objeto que la vista presenta de un tamaño que parece superior al que en realidad tiene. Y las cosas no acaban aquí. Hay buenas razones para pensar que poseemos dos sentidos del olfato. El primero sería el sentido olfativo externo, esto es, la olfacción ortonasal, que se produce al inhalar y que nos permite detectar realidades del entorno como el alimento, la presencia de predadores o el humo; mientras que en el segundo caso estaríamos hablando de un sentido interno, es decir, la olfacción retronasal, que tiene lugar al exhalar y que nos capacita para percibir las cualidades de lo que acabamos de ingerir, permitiéndonos decidir si podemos deglutirlo definitivamente o si no resultaría más conveniente expulsarlo—. Cada uno de esos dos sentidos del olfato da pie a una respuesta hedonista diferente. La olfacción ortonasal nos procura el placer de la anticipación. La olfacción retronasal nos da acceso al goce de la recompensa. Y no siempre la recompensa está a la altura de la anticipación. ¿No se le ha ocurrido pensar alguna vez que los tentadores aromas del café recién hecho nunca llegan realmente a equipararse a su sabor? Siempre hay una pequeña decepción. Curiosamente, el único alimento que posee unos aromas cuya intensidad se muestra a la altura de las expectativas, tanto si los juzgamos por medio de la olfacción ortonasal como a través de la retronasal, es el chocolate. Conseguimos exactamente lo que su olor promete, circunstancia que podría explicar que el chocolate constituya un estímulo tan potente. Aparte de la proliferación de los estudios sensoriales en el campo de las neurociencias contemporáneas está produciéndose otro cambio significativo. Hasta hace poco solían estudiarse aisladamente los sentidos, y de hecho la inmensa mayoría de los investigadores acostumbraban a centrarse en la visión. Las cosas están cambiando rápidamente. Actualmente sabemos que los sentidos no actúan aisladamente sino de forma conjunta —ya sea en las fases tempranas del procesamiento de la información o en las tardías—, generando así la rica experiencia perceptiva que tenemos de nuestro entorno.

Es extremadamente raro que la experiencia nos ofrezca únicamente estímulos visuales o sonoros. Disfrutamos invariablemente de experiencias conscientes compuestas de imágenes, sonidos y olores, por no mencionar las sensaciones táctiles de nuestro cuerpo o el gusto que sentimos en la boca. Y, además, ninguno de esos estímulos se presenta como un paquete sensorial independiente. Simplemente asimilamos las ricas y complejas imágenes que nos llegan sin pensar demasiado en la forma en que los diferentes sistemas que intervienen producen la experiencia de conjunto. Apenas reparamos en el hecho de que los olores constituyen el telón de fondo de todos los instantes conscientes que pasamos despiertos. Las personas que pierden el sentido del olfato pueden verse sumidas en la depresión, y lo cierto es que un año después de haber perdido la facultad olfativa muestran menos signos de recuperación que la gente que pierde la vista. Esto se debe a que los lugares que nos resultan familiares no huelen ya de la misma manera y a que la gente carece de pronto de su tranquilizador y particular sello olfativo. Además, los pacientes que pierden el olfato creen, por lo general, haber perdido también el sentido del gusto. Cuando se realizan pruebas con estos sujetos, resulta característico que reconozcan tener la capacidad de distinguir los sabores dulces, ácidos, salados, amargos, especiados y metálicos. Sin embargo, todo lo demás, lo que desaparece del gusto cuando ingieren algún alimento, se debe a la pérdida del olfato retronasal. Lo que denominamos «gusto» es, en realidad, uno de los casos prácticos más fascinantes para estudiar lo inapropiada que resulta nuestra comprensión de los sentidos, dado que el gusto no procede únicamente de la lengua, sino que es siempre una amalgama de gusto, tacto y olfato. El tacto contribuye a lograr que el gusto de las salsas nos parezca cremoso, determinando al mismo tiempo que otros alimentos se nos antojen correosos, crujientes o rancios. La única diferencia entre el sabor de las patatas fritas, que se nos antoja igual al de las que están «recién hechas», y el de las que nos parecen pasadas radica en una cuestión de textura. El elemento más importante de lo que denominamos «gusto» es, en realidad, parte del sentido del olfato en su forma de olfacción retronasal —y esa es justamente la razón, como acabamos de señalar, de que la gente que pierde el sentido del olfato no le encuentre sabor a nada—. El gusto, el tacto y el olfato no se limitan sin más a combinarse para generar las experiencias gastronómicas asociadas a los alimentos sólidos o líquidos; lo que ocurre es más bien que la información de los distintos canales sensoriales independientes termina fusionándose hasta producir una experiencia unificada de lo que solemos denominar «gusto» —noción a la que los estudiosos de las ciencias alimentarias prefieren llamar «sabor».

La percepción de los sabores es el resultado de la integración multisensorial de la información procedente de los sistemas gustativo, olfatorio y somatosensorial oral en una experiencia unificada hasta tal punto que nos resulta imposible distinguir los diversos elementos que la componen. La percepción de los sabores es una de las experiencias más plenamente multisensoriales que tenemos, y tanto la vista como el sonido pueden influir en ella. El color de los vinos, junto con los sonidos que emiten los alimentos al morderlos o al masticarlos, pueden condicionar de manera significativa tanto la apreciación como la valoración final de su sabor. Es la irritación del nervio trigémino del rostro lo que determina que las guindillas nos den la sensación de estar «ardiendo», y lo que provoca asimismo que el mentol se nos antoje «fresco» al introducirlo en la boca, sin que de hecho exista ningún cambio de temperatura.

En la percepción sensorial, la integración multisensorial es la regla, no la excepción. En el caso de la audición, es preciso tener en cuenta que no nos limitamos a escuchar con los oídos: por eso en el cine utilizamos los ojos para localizar la aparente procedencia de los sonidos cuando «oímos» que las voces salen de la boca de los actores que evolucionan en la pantalla —cuando en realidad los sonidos emanan de los altavoces colocados a ambos lados del escenario—. Esta circunstancia se conoce con el nombre de «efecto de ventriloquia». De manera similar, los aromas retronasales que detectan los receptores olfativos de la nariz se perciben a la manera de otros tantos sabores en la boca. Si dichas sensaciones se transfieren a la cavidad bucal se debe a que las sensaciones orales derivadas de los actos de masticar o deglutir captan nuestra atención, induciéndonos a pensar que esas experiencias olfatorias están teniendo lugar en el mismo espacio en el que se realiza la masticación.

Otros ejemplos de la asombrosa cooperación que se establece entre los distintos sentidos son consecuencia de los llamados efectos intermodales —unos efectos que determinan que la estimulación de un sentido venga a potenciar la actividad de otro—. Si nos tomamos la molestia de contemplar el movimiento de los labios de una persona que nos dirige la palabra desde el otro extremo de una habitación atestada de gente lograremos mejorar nuestra capacidad de oír lo que nos está diciendo, mientras que el aroma de la vainilla puede lograr que el líquido que estamos degustando a pequeños sorbos tenga un «sabor» más dulce y menos ácido de lo que en realidad es. Esta es la razón de que digamos que la vainilla tiene un olor dulzón, pese a que lo dulce pertenezca al ámbito de los sabores y a que la vainilla pura no sea dulce en absoluto. Los fabricantes de productos industriales conocen bien estos efectos y se dedican a explotarlos. En los champúes, por ejemplo, hay ciertos aromas que son capaces de lograr que el pelo presente un «tacto» más suave; las bebidas de color rojo tienen un «sabor» dulce, mientras que los refrescos con una coloración verde pálida nos parecen de «gusto» ácido. En muchas de esas interacciones, la visión es el elemento dominante, aunque no sea así en todos los casos.

Las personas que tienen la desgracia de padecer una alteración del sistema vestibular pueden tener la sensación de que el mundo se pone a dar vueltas, pese a que la información que le proporcionan tanto los ojos como el cuerpo indica que todo cuanto tiene a su alrededor se mantiene en realidad estable. En las personas que no padecen esta dolencia, el cerebro acompaña a la visión, de modo que la propiocepción se realiza correctamente. Por fortuna, nuestros sentidos acostumbran a cooperar unos con otros, de modo que conseguimos orientarnos en el mundo que habitamos —y se trata de un mundo que no es sensorial, sino multisensorial.

Construcción del clima

SOMOS INCAPACES DE PERCIBIR GRAN PARTE DE CUANTO CONFIGURA NUESTRA VIDA MENTAL

ADAM ALTER

Psicólogo; profesor auxiliar de mercadotecnia de la Escuela de Empresariales Stern; adscrito profesionalmente al Departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York
 
2.         El clima y la temperatura ambiente

A nadie le sorprende que la soleada calidez del verano contribuya a hacer que la gente se sienta más feliz, pero lo cierto es que tanto las condiciones climáticas como la temperatura ambiente tienen otros efectos en nuestra vida mental —unos efectos realmente más inesperados—. Con el clima lluvioso tendemos más a la introspección y a mostrarnos reflexivos, circunstancia que a su vez contribuye a mejorar nuestra memoria (véase Joseph Forgas y otros, Journal of Experimental Social Psychology, 2009). En el estudio de Forgas se revelaba que la gente lograba recordar con mayor exactitud las características de una determinada tienda en los días de lluvia que en las jornadas soleadas. La bolsa tiende a subir en los días hermosos y bañados por el sol, mientras que los días fríos y pasados por agua fomentan la pereza y tienden a provocar breves bajadas de los valores bursátiles (véase por ejemplo, David A. Hirshleifer y Tyler Shumway, The Journal of Finance, 2001; junto con Edward Saunders, American Economic Review, 1993). Todavía más sorprendente resulta el hecho de que exista una relación entre los cambios de tiempo y los índices de suicidio, depresión, irritabilidad y diversos tipos de accidentes. Todo ello provocado, según se dice, como reacción a la ocurrencia de cambios en la situación eléctrica de la atmósfera (véase J. M. Charry y F. B. W. Hawkinshire, Journal of Personality and Social Psychology, 1981). La asociación entre las temperaturas cálidas y la amabilidad humana es algo más que una metáfora. Varios estudios recientes han mostrado que la gente tiende a juzgar que los desconocidos le resultan más agradables si se forma sus primeras impresiones en torno a una taza de café (véase por ejemplo, Lawrence E. Williams y John A. Bargh, Science, 2008). La metáfora que vincula la calidez con la amabilidad se hace incluso extensiva a la exclusión social, puesto que la gente siente frío, literalmente, cuando queda socialmente excluida.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Bibliografía del curso

Va la biblio tentativa del curso, para que se hagan una idea de lo que trabajaremos.
 El objetivo es justamente la empatía.

Teorías de la comunicación II
Bibliografía
·                    Winkin, Yves, “El telégrafo y la orquesta”, en Bateson et al., La nueva comunicación, Barcelona, Kairós, 1971.
·                    Sfez, Lucien, La comunicación, México, Publicaciones Cruz, 1992.
·                    McLuhan, Marshall, Leyes de los medios: La nueva ciencia, Alianza-Conaculta, México, 1990.
·                    Simone, Raffaele, La Tercera Fase, Madrid, Taurus, 2000.
·                    Bourriaud, Nicolas, Post producción, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2004.
·                    Debord, Guy. La sociedad del espectáculo (en línea), disponible en: http://www.sindominio.net/ash/espect.htm
·                     Rifkin, Jeremy, La civilización empática, Barcelona, Paidós, 2010.
·                     Tapscott, Don y Anthony Williams, Macrowikinomics, Paidós, Barcelona, 2012.

lunes, 23 de enero de 2012

Instrucciones Teorías Comunicación II

Hola

Ahora se trata de leer estos textos, divididos en tres partes, y hacer un ensayo, con base en las metáforas de Sfez.

Macrowikinomics 3

Una etapa de renovación y transformación, no de reformas superficiales
El presidente francés, Nicolas Sarkozy, en el discurso inau­gural de la reunión del Foro Económico Mundial, celebrada en Davos en el año 2010, habló de la crisis financiera que había desencadenado casi un apocalipsis económico en el planeta. «No se trata de una crisis financiera global —afirmó—, sino de una crisis de la globalización.» Instó a los líderes mundiales a corregir los desequilibrios sistémicos que condujeron al triunfo de los mercados sobre la democracia y la justicia. «En el futuro, la exigencia será mayor y los ingresos deberán ser proporciona­les a la utilidad social, al mérito», declaró Sarkozy. Habrá una mayor exigencia de justicia. Habrá una mayor demanda de pro­tección. No tenemos alternativa. O cambiamos por iniciativa propia o los cambios nos vendrán impuestos por las crisis eco­nómicas, sociales y políticas. Si no somos capaces de responder a la demanda de protección, justicia y lealtad mediante la coope­ración, la regulación y la gobernanza global, nos toparemos con el aislamiento y el proteccionismo.»
Como muchos jefes de Estado, el presidente Sarkozy tiene buenas intenciones, pero no señaló el camino para lograr los fi­nes que se propone. Reclamó más «cooperación internacional» y mencionó al G20 como fuente de soluciones y nuevos modelos de gobernanza global. Propuso imponer gravámenes a la espe­culación financiera con el fin de financiar la lucha contra la po­breza. Instó al mundo a que adoptara un acuerdo global más sólido y vinculante con el cambio climático.
Todas estas cosas, aunque necesarias, son sólo el principio de lo que hay que hacer. Como la mayoría de los jefes de Estado, Sarkozy tiende a ver en las mismas instituciones que generaron el desastre actual la fuente de soluciones y estabilidad para el futuro. Aboga por un cambio de valores, pero mantiene la ma­yor parte de los antiguos postulados sobre el funcionamiento del mundo. Por ejemplo, no se plantea que los mercados hayan triunfado precisamente porque nuestros modelos de gobierno y democracia estén obsoletos. No propone una reconsideración total del enfoque jerárquico con el fin de solucionar los proble­mas globales. Se limita a convocar al club elitista con potestad decisoria, el mismo de siempre, aunque esta vez con la presen­cia de algunos socios más. Al parecer, no reconoce que los nue­vos modelos de innovación social y de creación de riqueza, que ofrecen una perspectiva de futuro alentadora, son esencialmente incompatibles con su visión trasnochada del papel del Estado-nación en una economía global. Sarkozy propone instrumentos tradicionales como los acuerdos fiscales y jurídicos, pero no se­rán suficientes. Muchas de las situaciones urgentes que afrontamos en este siglo no se resolverán si no se recaba y se aprove­cha, de modo más dinámico y eficaz, el ingenio colectivo de los ciudadanos y de las empresas de todo el mundo.
El planteamiento de Sarkozy no es una excepción. La mayor parte de los líderes mundiales —tanto de la empresa privada como del sector público— parten de las mismas premisas trilla­das sobre cómo resolver los problemas globales. Y por lo gene­ral se centran en proponer reformas superficiales de los viejos modelos, en lugar de avanzar hacia algo nuevo y viable. Pense­mos en la industria de los servicios financieros disfuncionales. La prudencia política convencional reclama más regulación de los mercados financieros. Pero nadie se plantea si los modelos actuales de supervisión y aplicación de las normas reguladoras son aptos para ese cometido. ¿Cabe esperar que un mosaico de reguladores financieros nacionales —que desarrollan su labor en compartimentos estancos, con una exigua plantilla de traba­jadores mal pagados y con sobrecarga laboral— ejerza algún control sobre un sistema financiero global que opera a la veloci­dad de la luz y emplea a las personas más inteligentes y mejor pagadas del planeta? ¿No va siendo hora de crear un nuevo mo­delo de regulación que utilice la Red para revelar información pertinente y permita que una red mundial de expertos —inclui­dos los miles de analistas ya empleados por los reguladores gu­bernamentales en la actualidad— elabore un fondo común de consejos, modelos de riesgo y análisis según un procedimiento wiki? Desde luego, esto supondría dejar de lado los aspectos de la soberanía nacional y requeriría que las empresas revelasen más información y en formatos más útiles que los que ofrecen ahora. En lugar de aferrarnos al statu quo, sostenemos que éstos son los tipos de cambios que deberíamos debatir, según veremos en el capítulo 3.
El cambio climático plantea desafíos similares a la ortodoxia reinante sobre cómo abordar los problemas globales. La re­unión de líderes mundiales celebrada en Copenhague, en di­ciembre de 2009, se anunció como un momento crucial para la humanidad y una oportunidad de demostrar, de una vez por todas, que la cooperación internacional puede y debe prevalecer ante los desafíos que afronta el planeta. A pesar de los años de preparación y la presencia de muchos jefes de Estado, de Copenhague salió un «acuerdo» de doce párrafos con objetivos vagos, sin detalles, sin compromisos vinculantes. El intento fa­llido de establecer un acuerdo relevante en Copenhague ha lle­vado a muchos a preguntarse si es realmente posible un acuerdo político. «Las fuerzas que intentan abordar el cambio climático están desorganizadas, dispersas en grupúsculos por el campo de batalla como un ejército derrotado», declaró un alto diplo­mático británico.
Muchos políticos y expertos ni siquiera adoptan la estrategia adecuada. Quieren impedir el cambio climático mediante la le­gislación, con un sistema de derechos de emisión o gravámenes fiscales sobre el dióxido de carbono, cuando todo parece indicar que, a largo plazo, lo que se está gestando es la reindustrializa­ción de todo el planeta. Definir bien los incentivos económicos es un punto de partida importante. Ahora bien, entre otras cosas debemos redefinir los medios de transporte, adoptar nuevas prácticas industriales y logísticas, evolucionar radicalmente ha­cia los productos y los hábitos sociales más verdes y reformar el sistema energético, dedicando al mismo tiempo enormes recur­sos intelectuales y financieros a la protección de los pueblos y los lugares más vulnerables del mundo, amenazados por los efectos del cambio climático, como la elevación del nivel del mar. Evidentemente, para lograr todos estos fines resultan insu­ficientes las reformas políticas superficiales.
En suma, muchas de nuestras instituciones se encuentran en un atolladero, carentes de vitalidad, liderazgo y dinamismo. Es como si se hubiera agotado el último resto de oxígeno, dejan­do un fárrago de expectativas frustradas y recursos crónicamen­te infrautilizados. Esta aparente parálisis, a su vez, plantea algu­nas preguntas fundamentales: si el conocimiento, el liderazgo y la capacidad necesarios para solventar estos complejos proble­mas brillan por su ausencia en las sedes de las grandes empresas y en las capitales nacionales de todo el mundo, ¿existen en algún lugar? En caso afirmativo, ¿de dónde pueden salir las nuevas ideas y el liderazgo que se requiere? Si los problemas no pueden resolverse mediante la reforma de las instituciones existentes, ¿qué nuevos modelos y estructuras pueden sustituirlas? ¿Está usted, como empleado, directivo, estudiante, profesor, empren­dedor, votante, consumidor, vecino o ciudadano del mundo, preparado para asumir un papel más importante en la reinven­ción de nuestras maltrechas instituciones? ¿Qué hay que hacer para redefinir la empresa y el mundo, y cómo puede participar usted en ese proceso?
Éstas son algunas de las cuestiones peliagudas que aborda­remos en este libro. En estas páginas no encontrará un solo ajuste o reforma superficial de las viejas instituciones fallidas. Hablaremos de individuos, empresas y organizaciones que es­tán forjando nuevos modelos de resolución de problemas en sus respectivos sectores, modelos que no se basan tanto en el con­trol central como en recabar una masa crítica autoorganizada de personas y organizaciones que emprenden pequeños experi­mentos e innovaciones sociales, capaces de introducir profun­dos cambios en la conducta social. En síntesis, estos individuos y organizaciones han aprendido a utilizar las fuentes mundiales descentralizadas de conocimiento y capacidad, mediante un en­foque que moviliza no sólo a las grandes empresas y a los países, sino a todo un ecosistema de ciudadanos y organizaciones del planeta. Como ciudadanos, y como líderes dentro de nuestras organizaciones, debemos trascender las fronteras de los Esta­dos para concebir la sociedad desde una perspectiva más am­plia y global. Si los problemas son de escala global, debemos unirnos como ciudadanos globales para resolverlos. Un sistema construido sobre la primacía de los intereses nacionales y cor­porativos no va a estar a la altura de las exigencias de este siglo.