lunes, 23 de enero de 2012

Macrowikinomics 3

Una etapa de renovación y transformación, no de reformas superficiales
El presidente francés, Nicolas Sarkozy, en el discurso inau­gural de la reunión del Foro Económico Mundial, celebrada en Davos en el año 2010, habló de la crisis financiera que había desencadenado casi un apocalipsis económico en el planeta. «No se trata de una crisis financiera global —afirmó—, sino de una crisis de la globalización.» Instó a los líderes mundiales a corregir los desequilibrios sistémicos que condujeron al triunfo de los mercados sobre la democracia y la justicia. «En el futuro, la exigencia será mayor y los ingresos deberán ser proporciona­les a la utilidad social, al mérito», declaró Sarkozy. Habrá una mayor exigencia de justicia. Habrá una mayor demanda de pro­tección. No tenemos alternativa. O cambiamos por iniciativa propia o los cambios nos vendrán impuestos por las crisis eco­nómicas, sociales y políticas. Si no somos capaces de responder a la demanda de protección, justicia y lealtad mediante la coope­ración, la regulación y la gobernanza global, nos toparemos con el aislamiento y el proteccionismo.»
Como muchos jefes de Estado, el presidente Sarkozy tiene buenas intenciones, pero no señaló el camino para lograr los fi­nes que se propone. Reclamó más «cooperación internacional» y mencionó al G20 como fuente de soluciones y nuevos modelos de gobernanza global. Propuso imponer gravámenes a la espe­culación financiera con el fin de financiar la lucha contra la po­breza. Instó al mundo a que adoptara un acuerdo global más sólido y vinculante con el cambio climático.
Todas estas cosas, aunque necesarias, son sólo el principio de lo que hay que hacer. Como la mayoría de los jefes de Estado, Sarkozy tiende a ver en las mismas instituciones que generaron el desastre actual la fuente de soluciones y estabilidad para el futuro. Aboga por un cambio de valores, pero mantiene la ma­yor parte de los antiguos postulados sobre el funcionamiento del mundo. Por ejemplo, no se plantea que los mercados hayan triunfado precisamente porque nuestros modelos de gobierno y democracia estén obsoletos. No propone una reconsideración total del enfoque jerárquico con el fin de solucionar los proble­mas globales. Se limita a convocar al club elitista con potestad decisoria, el mismo de siempre, aunque esta vez con la presen­cia de algunos socios más. Al parecer, no reconoce que los nue­vos modelos de innovación social y de creación de riqueza, que ofrecen una perspectiva de futuro alentadora, son esencialmente incompatibles con su visión trasnochada del papel del Estado-nación en una economía global. Sarkozy propone instrumentos tradicionales como los acuerdos fiscales y jurídicos, pero no se­rán suficientes. Muchas de las situaciones urgentes que afrontamos en este siglo no se resolverán si no se recaba y se aprove­cha, de modo más dinámico y eficaz, el ingenio colectivo de los ciudadanos y de las empresas de todo el mundo.
El planteamiento de Sarkozy no es una excepción. La mayor parte de los líderes mundiales —tanto de la empresa privada como del sector público— parten de las mismas premisas trilla­das sobre cómo resolver los problemas globales. Y por lo gene­ral se centran en proponer reformas superficiales de los viejos modelos, en lugar de avanzar hacia algo nuevo y viable. Pense­mos en la industria de los servicios financieros disfuncionales. La prudencia política convencional reclama más regulación de los mercados financieros. Pero nadie se plantea si los modelos actuales de supervisión y aplicación de las normas reguladoras son aptos para ese cometido. ¿Cabe esperar que un mosaico de reguladores financieros nacionales —que desarrollan su labor en compartimentos estancos, con una exigua plantilla de traba­jadores mal pagados y con sobrecarga laboral— ejerza algún control sobre un sistema financiero global que opera a la veloci­dad de la luz y emplea a las personas más inteligentes y mejor pagadas del planeta? ¿No va siendo hora de crear un nuevo mo­delo de regulación que utilice la Red para revelar información pertinente y permita que una red mundial de expertos —inclui­dos los miles de analistas ya empleados por los reguladores gu­bernamentales en la actualidad— elabore un fondo común de consejos, modelos de riesgo y análisis según un procedimiento wiki? Desde luego, esto supondría dejar de lado los aspectos de la soberanía nacional y requeriría que las empresas revelasen más información y en formatos más útiles que los que ofrecen ahora. En lugar de aferrarnos al statu quo, sostenemos que éstos son los tipos de cambios que deberíamos debatir, según veremos en el capítulo 3.
El cambio climático plantea desafíos similares a la ortodoxia reinante sobre cómo abordar los problemas globales. La re­unión de líderes mundiales celebrada en Copenhague, en di­ciembre de 2009, se anunció como un momento crucial para la humanidad y una oportunidad de demostrar, de una vez por todas, que la cooperación internacional puede y debe prevalecer ante los desafíos que afronta el planeta. A pesar de los años de preparación y la presencia de muchos jefes de Estado, de Copenhague salió un «acuerdo» de doce párrafos con objetivos vagos, sin detalles, sin compromisos vinculantes. El intento fa­llido de establecer un acuerdo relevante en Copenhague ha lle­vado a muchos a preguntarse si es realmente posible un acuerdo político. «Las fuerzas que intentan abordar el cambio climático están desorganizadas, dispersas en grupúsculos por el campo de batalla como un ejército derrotado», declaró un alto diplo­mático británico.
Muchos políticos y expertos ni siquiera adoptan la estrategia adecuada. Quieren impedir el cambio climático mediante la le­gislación, con un sistema de derechos de emisión o gravámenes fiscales sobre el dióxido de carbono, cuando todo parece indicar que, a largo plazo, lo que se está gestando es la reindustrializa­ción de todo el planeta. Definir bien los incentivos económicos es un punto de partida importante. Ahora bien, entre otras cosas debemos redefinir los medios de transporte, adoptar nuevas prácticas industriales y logísticas, evolucionar radicalmente ha­cia los productos y los hábitos sociales más verdes y reformar el sistema energético, dedicando al mismo tiempo enormes recur­sos intelectuales y financieros a la protección de los pueblos y los lugares más vulnerables del mundo, amenazados por los efectos del cambio climático, como la elevación del nivel del mar. Evidentemente, para lograr todos estos fines resultan insu­ficientes las reformas políticas superficiales.
En suma, muchas de nuestras instituciones se encuentran en un atolladero, carentes de vitalidad, liderazgo y dinamismo. Es como si se hubiera agotado el último resto de oxígeno, dejan­do un fárrago de expectativas frustradas y recursos crónicamen­te infrautilizados. Esta aparente parálisis, a su vez, plantea algu­nas preguntas fundamentales: si el conocimiento, el liderazgo y la capacidad necesarios para solventar estos complejos proble­mas brillan por su ausencia en las sedes de las grandes empresas y en las capitales nacionales de todo el mundo, ¿existen en algún lugar? En caso afirmativo, ¿de dónde pueden salir las nuevas ideas y el liderazgo que se requiere? Si los problemas no pueden resolverse mediante la reforma de las instituciones existentes, ¿qué nuevos modelos y estructuras pueden sustituirlas? ¿Está usted, como empleado, directivo, estudiante, profesor, empren­dedor, votante, consumidor, vecino o ciudadano del mundo, preparado para asumir un papel más importante en la reinven­ción de nuestras maltrechas instituciones? ¿Qué hay que hacer para redefinir la empresa y el mundo, y cómo puede participar usted en ese proceso?
Éstas son algunas de las cuestiones peliagudas que aborda­remos en este libro. En estas páginas no encontrará un solo ajuste o reforma superficial de las viejas instituciones fallidas. Hablaremos de individuos, empresas y organizaciones que es­tán forjando nuevos modelos de resolución de problemas en sus respectivos sectores, modelos que no se basan tanto en el con­trol central como en recabar una masa crítica autoorganizada de personas y organizaciones que emprenden pequeños experi­mentos e innovaciones sociales, capaces de introducir profun­dos cambios en la conducta social. En síntesis, estos individuos y organizaciones han aprendido a utilizar las fuentes mundiales descentralizadas de conocimiento y capacidad, mediante un en­foque que moviliza no sólo a las grandes empresas y a los países, sino a todo un ecosistema de ciudadanos y organizaciones del planeta. Como ciudadanos, y como líderes dentro de nuestras organizaciones, debemos trascender las fronteras de los Esta­dos para concebir la sociedad desde una perspectiva más am­plia y global. Si los problemas son de escala global, debemos unirnos como ciudadanos globales para resolverlos. Un sistema construido sobre la primacía de los intereses nacionales y cor­porativos no va a estar a la altura de las exigencias de este siglo.

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