lunes, 23 de enero de 2012

Macrowikinomics 2

Un punto de inflexión en la historia
La crisis económica, iniciada en 2008, costó a los contribu­yentes norteamericanos miles de millones de dólares. Ante una debacle histórica de los mercados, la peor recesión en tres gene­raciones, y unos avales públicos que exceden el coste de todas las guerras donde ha participado Estados Unidos, es compren­sible que los contribuyentes norteamericanos estén furiosos. La situación es bastante parecida en todo el mundo. Mucha gente reclama nuevas regulaciones, una mayor intervención guberna­mental, e incluso la disolución o nacionalización de los princi­pales bancos. Entre tanto, los efectos de la debacle financiera amenazan con engullir no sólo a las empresas, sino a países en­teros en una crisis de deuda soberana. A principios de 2010, Grecia parecía incapaz de afrontar el pago de su deuda pública contraída con los obligacionistas internacionales. El miedo a la declaración de mora en la deuda pública se extendió enseguida a España, Portugal e Irlanda, en un efecto dominó que puso en peligro a los dieciséis países que tienen el euro como moneda común. Todos los gobiernos afrontan una deuda sin preceden­tes, potencialmente insostenible. El problema es acuciante en Estados Unidos, donde el Congreso debate un presupuesto que en 2020 podría duplicar la deuda nacional hasta alcanzar los 22 billones de dólares, es decir, el doble del PIB estadounidense.
Es evidente que debemos enfocar de otra manera la gestión de la economía global. Pero la reconstrucción de las finanzas públi­cas y la restauración de la confianza a largo plazo en la industria de los servicios financieros en Estados Unidos y otros países re­querirán algo más que la intervención gubernamental y unas nuevas regulaciones. Es cada vez más evidente que lo que se necesita es un modus operandi distinto, basado en nuevos prin­cipios empresariales como la transparencia, la integridad y la colaboración.
El sistema financiero no es la única institución que precisa urgentemente una reestructuración. Las fascinantes posibilida­des que hemos descrito contrastan con el rápido declive de la economía industrial en su conjunto. Muchas de las instituciones que nos han prestado un buen servicio durante décadas —acaso durante siglos— parece que estén congeladas y sean incapaces de avanzar. La economía industrial nos ha aportado tres si­glos de productividad, conocimientos e innovaciones sin prece­dentes, factores que han generado una riqueza y una prosperidad inimaginables. Pero esa prosperidad ha tenido un coste importante para la sociedad y el planeta. Es obvio que la riqueza y la seguridad de las economías avanzadas pueden dejar de ser sostenibles ahora que miles de millones de ciudadanos de los mercados emergentes aspiran a integrarse en la clase media glo­bal. Si continuamos por la misma senda, como si nada hubiera ocurrido, se incrementará la inestabilidad global. De hecho, creemos que el mundo ha llegado a un punto crítico: es necesa­rio reinventar los viejos modelos, enfoques y estructuras para evitar el riesgo de parálisis o desmoronamiento institucional. Es cuestión de estancarse o renovarse. Atrofia o renacimiento. La sociedad tiene a su alcance la plataforma más poderosa para aglutinar los recursos humanos, las habilidades y el conoci­miento necesarios para resolver muchos de los problemas mun­diales más acuciantes. En este libro veremos que se obtienen buenos resultados cuando los individuos y las organizaciones aprovechamos la oportunidad de aportar ideas, pasión y creati­vidad. La cuestión es si el mundo está preparado para acoger las innovaciones sociales y económicas que puede generar esta co­laboración.
Tal vez parezca una perspectiva radical, pero cuenta con nu­merosos adeptos dentro de las corrientes de pensamiento domi­nantes. Nada menos que la revista Time consideró apropiado, recientemente, dar la voz de alarma sobre los problemas que se divisan en el horizonte. En un número especial sobre las diez ideas que definirán los próximos diez años, Christopher Hayes afirma que ha llegado el ocaso de las élites. Sostiene lo siguiente: «En la última década, casi todos los pilares institucionales de la sociedad estadounidense —ya sea General Motors, el Congreso, Wall Street, las grandes ligas de béisbol, la Iglesia católica o los medios dominantes— han resultado ser corruptos, incompeten­tes o ambas cosas. En el origen de tales fiascos se encuentran las personas que gestionan dichas instituciones, las brillantes y esforzadas mentes que ocupan los principales puestos de esa jerarquía. A cambio del poder, la posición y el dinero que les confiere su estatus, se supone que deben velar para que todo funcione adecuadamente. Pero tras un aluvión de escándalos y catástrofes, ese contrato social implícito ha pasado a ser papel mojado, sustituido por el escepticismo, el desprecio y la decep­ción colectivos». Así pues, ¿qué debemos hacer tras esta implo­sión de tan gran alcance? Hayes sugiere que el principal reto de esta nueva década consistirá en reformar nuestras instituciones con el fin de reconstruir una forma de autoridad más fiable y democrática.
Día tras día se constata, de forma cada vez más perceptible, que se está preparando un polvorín. En el momento en que es­cribimos este libro, quince millones de personas, de edades comprendidas entre los 15 y los 24 años, se encuentran desem­pleadas en Norteamérica y Europa. Hay un 25 % de desempleo juvenil en Francia e Italia. En España, el 45 % de los jóvenes está sin trabajo. Dadas estas cifras, se habla de desempleo estructu­ral para toda esta generación, unas perspectivas de futuro nada halagüeñas. El empleo juvenil será el último en recuperarse tras la recesión. Las investigaciones indican que los períodos pro­longados de desempleo pueden tener efectos duraderos en las perspectivas de desarrollo profesional, puesto que los conoci­mientos y la formación pierden vigencia enseguida. El riesgo de que un gran segmento demográfico se quede rezagado ha lleva­do a los políticos a preguntarse cómo se puede impedir que una de las víctimas de la recesión sea una «generación perdida».
¿Hay algún modo de salir del atolladero? No busquen las res­puestas en el gobierno o en las grandes empresas. El análisis desarrollado por la Fundación Kauffman, a partir de los últimos datos de la Oficina del Censo estadounidense, indica que las em­presas con menos de cinco años de antigüedad crean dos tercios de los nuevos empleos netos en Estados Unidos. Dicho de otro modo, si la economía estadounidense logra una recuperación sustancial del empleo, será gracias a los emprendedores con ini­ciativa.
Cuando la crisis económica global obligó a las empresas de todos los sectores a recortar costes para permanecer a flote, mu­chas empezaron a ver que, aunque una actitud cauta y defensiva era necesaria para resistir las dificultades, eso resultaba insufi­ciente para lograr el éxito a largo plazo. Desde las industrias hasta los comercios minoristas, los directivos inteligentes han empezado a introducir los cambios estructurales y estratégicos que se requerían desde hace mucho tiempo. Parece que existe un creciente consenso en que por fin se está forjando una econo­mía muy diferente. El economista Robert Reich se pregunta: «¿Cómo será? Nadie lo sabe. Lo único que sabemos es que la economía actual no puede “recuperarse” porque no puede vol­ver al punto donde se encontraba antes de la crisis». En cambio, sugiere: «Deberíamos preguntarnos cuándo y cómo empezará la nueva economía».
La transformación se extiende también a otros sectores, des­de las universidades hasta los servicios sanitarios, la ciencia, la energía, el transporte o el gobierno. Se desmoronan muchos de los imperios mediáticos más antiguos. El continuo cierre de nu­merosos periódicos en Estados Unidos vaticina otras caídas si­milares. En mayo de 2010, quebraron la Tribune Company, pro­pietaria de Los Angeles Times y el Chicago Tribune, al igual que la empresa propietaria de The Philadelphia Inquirer. Los diarios Rocky Mountain News y Seattle Post-Intelligencer desaparecie­ron, y el San Francisco Chronicle, así como otros medios, atra­viesan serias dificultades. La calificación de la deuda de The New York Times se ha rebajado a la de los bonos basura, y los aman­tes de este «diario de referencia» (como nosotros) estamos en vilo, preguntándonos durante cuántos meses podrá hacer frente a sus deudas. Las revistas se encuentran también en horas bajas; la que usted lee con mayor frecuencia tal vez nunca haya tenido tan poca publicidad como ahora.
Básicamente, Internet ha destruido el modelo de negocio li­gado a la impresión. En comparación con la inmensa planta fí­sica de The New York Times, por ejemplo, el periódico on line The Huffington Post tiene casi nulos costes de «impresión» y distri­bución. The New York Times tiene más de mil empleados sólo en el departamento editorial. The Huffington Post tiene sesenta, pero cuenta con una lista de mil redactores voluntarios. En con­secuencia, su sitio web recibe 20 millones de visitantes. El perio­dismo sobrevivirá, pero no en su forma actual. Lo que no está claro es si perdurarán o no los valores periodísticos de la objeti­vidad, la calidad y la veracidad. ¿Y cómo se ganarán la vida los periodistas?
En todo el mundo, los sistemas sanitarios están sometidos a una fuerte presión, principalmente en Estados Unidos. En 1960, Estados Unidos dedicaba solo el 5,2 % del PIB a los servicios sanitarios. En 2009, el porcentaje se elevó al 17,3 %, de modo que ahora se invierte más en sanidad que en alimentación. Las causas subyacentes son complejas y abarcan desde la expansión de las posibilidades médicas, gracias a las nuevas tecnologías y la investigación, hasta determinados factores demográficos y hábitos sociales, como el envejecimiento de la población y las dietas poco saludables. Tales niveles de gasto se justificarían si el sistema ofreciese mejores resultados, pero muchos indicado­res apuntan lo contrario. A pesar de que Estados Unidos es el país que más gasta en este concepto, ocupa el puesto número 49 de 224 en calidad de la atención sanitaria, con una esperanza de vida desproporcionadamente inferior y un nivel de mortalidad infantil mucho más elevado que otros países ricos como Alema­nia y Japón. Paralelamente, unos 46 millones de ciudadanos estadounidenses con una cobertura sanitaria inadecuada o inexistente tienen miedo de tener que recurrir a los servicios de salud tanto como a la enfermedad en sí, si no más. Hasta los que cuentan con una «buena cobertura» se encuentran poco prote­gidos en muchos casos. Un estudio desarrollado por investiga­dores de Harvard concluyó que los problemas médicos habían causado nada menos que el 62 % de las declaraciones de quiebra personales presentadas en Estados Unidos durante el año 2007. Pero lo más sorprendente era que el 78 % de los individuos que habían presentado tales declaraciones tenían un seguro médico al comienzo de su enfermedad.
Si a esto se añaden los altos niveles de ineficiencia adminis­trativa, resulta manifiesto que los modelos actuales de atención sanitaria son insostenibles. Si continúa la trayectoria actual de crecimiento, los costes de la atención sanitaria se duplicarán en menos de una década, hasta alcanzar la cifra de 4 billones y medio de dólares, lo que socavará los sistemas fiscales y de seguridad social y endeudará cada vez más a Estados Unidos.
Mientras que los políticos proponen nuevos modelos de finan­ciación, los médicos y los pacientes constatan que sólo se podrá salvaguardar el sistema mediante una transformación más pro­funda en el modo en que se promueve el bienestar físico y se atiende a los enfermos. Como apunta el doctor Michael Evans, del St. Michael’s Hospital de Toronto: «Las instituciones sanita­rias actuales son como los medios de antes: centralizados, uni­direccionales, inmutables y controlados por la gente que los crea y administra. Los pacientes son receptores pasivos». En el nuevo modelo, los pacientes pasan a ser una especie de socios: se autoorganizan, contribuyen al acervo total de conocimientos, comparten información, se apoyan mutuamente y adoptan una postura activa en la gestión de su propia salud.
Sin embargo, con los graves problemas que se avecinan, la preocupación por el futuro de los servicios sanitarios estadounidenses puede parecer un lujo. El agua, o más exactamente la escasez de agua dulce, se perfila como una catástrofe para la humanidad. Aproximadamente 2.800 millones de personas, el 44 % de la población mundial, vive en zonas donde los acuíferos están sobreexplotados. Esta preocupante cifra puede crecer hasta alcanzar los 3.900 millones en 2030. Sin embargo, nadie ha determinado exactamente cómo se va a satisfacer la necesi­dad mundial de agua dulce. Ante tan inmenso desafío, necesita­remos que las mejores mentes se concentren en la búsqueda de soluciones antes de que las carencias de agua desencadenen conflictos.
En un momento de creciente capacidad y riqueza, nuestro mundo es un lugar muy desigual. Algunos países —como China y la India— han logrado sacar de la pobreza a un inmenso porcentaje de su población en un período de tiempo muy corto. No obstante, amplias regiones del planeta no han alcanzado esta prosperidad. En el mundo mueren de hambre diez niños por minuto. Casi la cuarta parte de la población mundial lucha por sobrevivir con menos de dos dólares diarios. ¿Es acep­table que el mundo moderno haya desdeñado a un porcentaje tan alto de la humanidad? ¿Durante cuánto tiempo puede per­sistir este desequilibrio?
El fin de la Guerra Fría supuestamente debía traer una etapa de paz duradera. Sin embargo, el mundo es cada vez menos seguro, a pesar del gasto anual de 1.460 millones de dólares en defensa. El fáustico pulso nuclear entre las superpotencias del mundo bipolar de antaño ha sido reemplazado por un polvorín imprevisible, donde algunos países y ciertos colectivos crimina­les hacen acopio de armas de destrucción masiva. Lejos de una improbable lluvia de misiles, nos enfrentamos a la posibilidad real de que una mochila o un paquete enviado por mensajería contengan toxinas o la potencia explosiva necesaria para destruir una ciudad.
Por otro lado está el desafío más colosal: deshabituar al mun­do de su peligrosa adicción a los combustibles fósiles y construir una nueva economía verde, capaz de sostener la civilización hu­mana durante los próximos siglos. Al ritmo actual de desarrollo, faltan todavía varias décadas para que sea posible un despliegue comercial masivo de alguna solución energética limpia y, por su­puesto, para la implantación de todas ellas en conjunto. «Se pue­de tardar diez años en desarrollar una nueva tecnología hasta que pueda pasar del laboratorio a una primera planta comercial. Y eso es sólo el principio —afirma Peter Voser, director ejecutivo de Royal Dutch Shell—. Normalmente se requieren otros veinti­cinco años para que este nuevo tipo de energía conquiste el 1 % del mercado global.» Los biocombustibles están alcanzando ahora ese nivel. El viento podría conseguirlo hacia 2015, veinti­cinco años después de que los primeros parques eólicos a gran escala se implantaran en Dinamarca.
Es cierto que la inversión tiende a incrementarse. China ha aumentado recientemente sus inversiones en tecnología verde, hasta 9.000 millones de dólares mensuales, según algunas infor­maciones. Al Gore desafía a Estados Unidos a que produzca todos los kilovatios de electricidad a través del viento, el sol y otras fuentes de energía limpia dentro de diez años, un objetivo audaz que espera que asuma la administración Obama. Hasta la industria de la energía verde lo considera un reto «ambicioso». Lo que parece seguro es que, para llevar a cabo todos estos cam­bios, es necesario concebir de otro modo los desafíos y las opor­tunidades asociados con la economía de la energía verde; entre otras cosas, se requiere un nivel inusitado de transparencia, co­laboración y uso compartido de la tecnología.
Es fácil concebir todos estos factores como aspectos inde­pendientes, pero en realidad están muy interrelacionados. Los niveles atroces de pobreza abonan el terreno del extremismo. Los Estados fallidos, donde reside gran parte de la humanidad más pobre, constituyen un refugio seguro donde los terroristas pueden establecer sus bases y apropiarse de petroleros para fi­nanciar sus fechorías. A propósito del petróleo, la implacable adicción mundial a las menguantes existencias de este combus­tible siembra las semillas de una inestabilidad global más pro­funda que veremos en los próximos años, por no mencionar los desastres medioambientales infligidos por catástrofes como el vertido del golfo de México. Y por si no fuera suficiente, el desenfrenado cambio climático podría desplazar a centenares de millones de personas, provocando un estado permanente de emergencia tan grave que, por comparación, reduciría los trági­cos acontecimientos de Haití a un mero ejercicio de calenta­miento para la comunidad internacional.
¿Está preparada para esto la comunidad internacional? Pro­bablemente no, según Klaus Schwab, fundador del Foro Econó­mico Mundial, que recientemente ha lanzado una ambiciosa Iniciativa de Reforma Global para desarrollar nuevas instituciones capaces de resolver los problemas globales. «Las institucio­nes internacionales existentes requieren una renovación exhaustiva, y es necesario introducir un cambio fundamental en los valores y la cultura política si pretendemos impulsar la coopera­ción mundial necesaria para afrontar los desafíos contemporáneos de un modo eficaz, global y sostenible», afirma Schwab. Tiene razón. Tras varias décadas de desarrollo económico, integración de mercados de productos y servicios, viajes transfronterizos y nuevas tecnologías que permiten la interacción virtual, se ha creado un mundo mucho más complejo, con una estructura más multilateral que jerarquizada. La sociedad percibe cada vez más la interdependencia y busca maneras de expresarla fuera de las estructuras políticas nacionales institucionalizadas. Cuando se fundó la Organización de las Naciones Unidas en 1945, por ejemplo, había sólo una docena de oenegés en todo el mundo. Y por supuesto no tenían sitio en la mesa. Hoy se calcu­la que operan en el mundo unas 100.000 organizaciones de ese tipo en casi todos los ámbitos de la actividad humana. De todo ello se desprende, según Schwab, que los ciudadanos del mundo «han tomado conciencia de que los problemas globales requie­ren unidad y de que los esfuerzos por resolver problemas únicamente a través de los procesos de negociación tradicionales resultan inadecuados ante los desafíos globales críticos». Las grandes organizaciones internacionales como las Naciones Uni­das y el Banco Mundial reconocen que las oenegés pueden in­fluir notablemente en el mercado y en el sector público, bien como competidores de alto nivel, bien como socios en la bús­queda de nuevas soluciones.
Tales cambios de paradigma han ocurrido con anterioridad. John Gerard Ruggie, director del Centro para la Empresa Priva­da y el Sector Público de la Universidad de Harvard, advierte que la historia puede repetirse. «La lección que necesitaban los países capitalistas para combinar la eficiencia de los mercados con los valores comunitarios más amplios [...] no la aprendieron con facilidad. Hubo que pasar por la desastrosa era victoria­na de la globalización, que condujo a la guerra mundial, seguida de la revolución rusa de extrema izquierda, la revolución de ex­trema derecha en Italia y Alemania, el militarismo en Japón, la Gran Depresión, la volatilidad financiera sin precedentes y el debilitamiento del mercado mundial.» Ruggie, que fue asesor especial del ex secretario general de la ONU, Kofi Annan, consi­dera que esta nueva era de la globalización requiere un nuevo contrato social. Los mercados libres no regulados, advierte, pueden generar otra serie de acontecimientos catastróficos si la economía global carece de las adecuadas protecciones sociales y medioambientales. Dicho de otro modo, la eficiencia de los mercados debe combinarse con los valores de la comunidad para sostener una sociedad global viable. Las instituciones que fundaron los contratos sociales históricos que respaldaron la prosperidad posterior a la Segunda Guerra Mundial (es decir, los gobiernos nacionales, junto con las asociaciones empresa­riales y organizaciones sindicales) ya no son adecuadas para re­construir la economía global o para crear una nueva forma de gobernanza sostenible.

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